septiembre 19, 2006

¡¡Bitácora de arranque de Colectivo de Izquierda!!

Dicen los que saben, que charlar en Platón o en el bar del centro de estudiantes, discutir ideas, indignarse y cagarse de la risa es uno de los deportes favoritos de los estudiantes de filo (uno de los pocos deportes en donde el doping sale en la revista Noticias). Dicen también que el problema de ese deporte es que raramente se anima a jugar por los porotos. Como si faltara el hacerse cargo de que un montón de cosas que vemos de la universidad en general, de la facultad, de cada una de las carreras, de la materia que cursamos y del compañero/a de al lado no solo están presentes para ser objeto de agudas reflexiones, de perspicaces comentarios, de ácidos chistes o, aún, de indignaciones y vendettas personales. Dicen que están para jodernos doblemente: la primera vez por su existencia (lo malo en sí mismo) y la segunda por demostrarnos, por denunciar que, a pesar de haber sido reconocidos como problemas, nosotros no nos le animamos (lo malo en nosotros mismos).

Es obvio que no todos los estudiantes tienen la misma visión de lo que pasa a su alrededor entre fecha y fecha de inscripción a finales. Tanto a la hora de reconocer problemas e interconectarlos como a la de marcar responsabilidades hay algo así de 231 miradas distintas en una cursada de 34 personas, y ni hablar si a eso le sumamos la respuesta más o menos formada que le oponen. Sin embargo nuestra experiencia (la de los que suscribimos a esto que vos lees si es que no tenés como política esquivar volantes) es que hay toda una serie de cuestiones que llenaban nuestras conversaciones y que más o menos nos unían y que, además, podían sintetizarse en la frase “puta, la universidad debería ser otra cosa”.

Ojo, que de ahí a jugarse, a cambiar la mirada y poner un poroto en la mesa para cantar envido ya es otra cosa. Nos costó bastante el romper con la tendencia y empezar a deshacer eso “malo en nosotros mismos”, el hacernos cargo de que algo debíamos hacer todos los que, mesa y distintos brebajes de por medio, nos juntábamos a “meternos cartucho”.

Entonces juntamos valor y tomamos la decisión de ponerle el cuerpo a eso, de intentar hacer cosas que muevan la aguja en el lugar donde nos toca estudiar -o eso que esta sociedad dice que es estudiar- para recibir luego de un tiempo la certificación estatal que reza: “este/a tipo/a es re capo en...”-. Pero ¿Qué hacemos para “mover la aguja”? Después de cinco minutos sufrimos una desbandada total, ¡¿Qué carajo hacemos?!. La pregunta hacia eco en nuestras cabezas pero finalmente logramos no dejarlo vacío.

Quemando los últimos cartuchos, pudimos achicar el pánico y volver a sentarnos. Y eso gracias a –solo- dos cosas: primero, un iluminado sentenció que, tal vez, si a ninguno de nosotros se nos ocurría nada demasiado novedoso al respecto, en una de esas era porque era más simple el asunto, “sin efectos especiales” dijo. Lo segundo fue darnos cuenta que no debíamos negar las preguntas, sino abrirlas al resto de los que andaban por ahí practicando el deporte favorito de filo. Sin ponernos demasiado filosóficos es claro que un par de buenas preguntas desarman al más pintado, y como la idea es desarmar y rearmar a la propia universidad… imaginate.
Poniéndonos mas serios –aunque ¿quién dijo que el humor no es serio?- podemos decir que, hasta ahora, los consensos logrados son varios.

En primer lugar, reivindicamos la necesidad de un cambio radical de nuestra universidad, en el marco de un cambio revolucionario que haga saltar por el aire las bases de explotación e injusticia en que se sustenta la sociedad capitalista en que vivimos .

Ese cambio radical ha de estar orientado a lograr una universidad donde la creación y recreación del conocimiento se ponga al servicio de la lucha por una sociedad nueva, hecha de hombres y mujeres nuevos, sin opresores ni oprimidos. Acabar con la opresión ha de implicar necesariamente acabar también con sus parientes académicos: la alienación o el oxímoron de la ciencia acrítica y el parcelamiento del saber súper-especializado, que implica su suicidio.

Creemos, a su vez, que esto solo es posible si nos atrevemos a pensar la política como un diálogo, pensar la construcción y la organización de poder estudiantil desde (y esto parecería una cargada sino tuviéramos ejemplos permanentes de lo contrario) el encuentro entre pares; pensar la discusión y la práctica como momento no separado de la pregunta y la reflexión conjunta.

Pero ojo! Que hablar de acuerdos no significa negar la necesidad del disenso como espacio abierto en el cual han de emerger nuevos interrogantes y desafíos. Hablar de acuerdos implica reconocer una serie de cuestiones que han surgido de nuestro constante pensar y repensar la practica cotidiana de ser estudiante en Filo. Cuestiones que, al ser pensadas, nos sirven a la vez como guía para esa misma práctica de la que surgieron.

Si bien reconocemos a las organizaciones preexistentes como validas, valiosas (obvio que no las “Puán 8-40” o “la-universidad-al-servicio-del-mercado”) y hasta por momentos heroicas, estuvimos discutiendo mucho y por ahora pensamos que con ellas nos encontramos y nos encontraremos en el ámbito más importante: la lucha por una universidad mejor. Pensamos que el resto del camino hacia la unidad en un verdadero espacio de transformación debe estar marcado por la necesidad del propio movimiento, el tema es estar dispuesto, otra vez, a jugarse. La propuesta hoy es darnos un lugar bajo el sol, un lugar que debemos asumir como nuevo porque en lo conocido todavía no hemos logrado satisfacer nuestras necesidades de comparecer, de hacer algo de manera distinta.

Aportar a la lucha por una universidad abierta, no arancelada, autónoma del poder estatal y económico, en donde la democracia interna incorpore en un verdadero encuentro a estudiantes, graduados, docentes y no docentes también forma parte de nuestros consensos; creemos que cada una de estas cuestiones son importantes en sí, y que lo son aún más como condición de posibilidad de los cambios que tienen que configurar una universidad al servicio, digámoslo de una vez, de la liberación del hombre.

Creemos que jugar por los porotos quiere decir jugarse. No solo jugarse en escribir esto que estás leyendo, sino jugarse a abrir el juego, e invitarte a que te arrimes y te fijes, si es que te gustó lo -poco de- propositivo de este texto. Que vengas a ver como hacemos para multiplicar la mirada crítica, la decisión de bancar el cambio que tiene que venir y, de paso, traete galletitas que siempre andamos con hambre.

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